Las ciudades latinoamericanas enfrentan desde hace décadas una problemática que crece en silencio: la presencia de habitantes de calle. No son solo personas sin techo, sino ciudadanos invisibilizados por un sistema que muchas veces no previene, sino que reacciona tarde. Controlar y prevenir esta situación es un deber ético y social, no solo un tema de seguridad o limpieza urbana.
Una realidad que hemos normalizado.
La imagen de personas viviendo en condiciones inhumanas en parques, esquinas o debajo de puentes ya no causa sorpresa. La costumbre ha adormecido la conciencia colectiva. Sin embargo, cada habitante de calle tiene una historia detrás: desplazamiento, consumo problemático de sustancias, desempleo, salud mental no tratada, violencia familiar o simple abandono.
El error más común de muchos gobiernos locales es abordar el tema desde una óptica exclusivamente punitiva: desalojos forzados, persecución policial o simplemente trasladar el problema a otra parte de la ciudad. Esto no es solución, es maquillaje. Lo que funciona en otras partes del mundo
Controlar la situación requiere planificación urbana, intervención social, trabajo comunitario y una inversión constante en políticas de inclusión. Pero la verdadera clave está en la prevención, y varios países ya han dado pasos importantes:
Finlandia es el único país europeo donde la cantidad de personas sin hogar ha disminuido de forma sostenida en los últimos años. Su programa Housing First (La vivienda primero) parte de una idea simple pero revolucionaria: ofrecer una vivienda estable como punto de partida, no como recompensa. El resultado: más del 80% de las personas no vuelve a vivir en la calle.
Portugal implementó una estrategia nacional de salud mental y abordaje integral del consumo de drogas, con un fuerte enfoque en la reducción del daño y la reinserción social. Esto ha reducido significativamente la población en calle con consumo problemático.
Canadá, en ciudades como Toronto y Vancouver, desarrolló planes interinstitucionales donde gobierno, salud pública, ONG y sector privado trabajan juntos para ofrecer vivienda temporal, capacitación laboral y atención integral. En lugar de competir, las instituciones colaboran.
La deuda pendiente en América Latina.
En muchos países latinoamericanos, las iniciativas son dispersas, mal financiadas o limitadas a campañas estacionales. Falta voluntad política, continuidad en los planes y un enfoque que no criminalice la pobreza.
Es hora de dejar de ver a los habitantes de calle como un “problema” y comenzar a verlos como personas que necesitan soluciones reales. Implementar modelos exitosos es posible, pero requiere algo más que copiar ideas: hace falta decisión, sensibilidad y coherencia en las políticas públicas. En Colombia, por ejemplo, la problemática crece cada día, especialmente en las regiones. Es momento de repensar el tema y actuar con acciones concretas: atención integral diferenciada, articulación real entre entidades del Estado, cero estigma social, censos precisos y presupuesto garantizado para programas de reinserción y vivienda digna.
Un llamado urgente.
Mientras la indiferencia gane terreno, la calle seguirá siendo el último hogar para miles. Pero si aprendemos de quienes han tenido éxito, el ciclo puede romperse. No hay soluciones mágicas, pero sí caminos ya recorridos que demuestran que se puede cambiar el destino de quienes hoy viven a la intemperie.
Por: Patricia Alaeddine
Abogada, politóloga, gestora cultural.
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